written by Virginia Woolf, from a letter to Vita Sackville-West dated 3 September 1926 (via violentwavesofemotion)
written by Pulp Fiction (via vvrists)
(via piv0t)
written by Kurt Tucholsky, Schloss Gripsholm/Castle Gripsholm (via sorakeem)
(Source: seabois, via omniscientlyeye)
quiero decirle que me siento igual, que entiendo su agonía y comparto sus rincones; quiero decirle que hay sólo una verdad en este espacio hecho de sombras:
muchacha, son los espejos en tu pecho!
tan frágiles que cualquier aleteo podría romper. Y vos que pensás que aquella es el ave que viene a salvarte! no confíes hoy en las palabras, muchacha
es preciso que sepas que, aunque te entiendo porque te quiero
o te quiero porque te entiendo
sólo son tus brazos los que te pueden abrazar.
Yo veo sus venas sus sueños sus carcajadas en el aire. La conozco desde adentro como a ninguna otra. Supongo que la eternidad es un poco eso, qué suerte tuvimos! nos sobrevivimos en la vida porque perdimos nuestros cuerpos. Qué suerte, qué suerte. Y todas las otras criaturas hablan y hablan y hablan, y qué poco escuchan. Desatan los nudos que las unen porque se ven. No dejan de verse y qué poco escuchan. Yo a ella la recuerdo cuando está y eso es más valeroso. No la pierdo en los ayeres. La recuerdo siempre y cuando la extraño un poco sólo tengo que mirarla. Ella está ahí, y se ríe porque sabe que perdamos cuanto perdamos, siempre nos va a quedar este pedacito ya ganado.
Siempre quise viajar hasta el otro lado del mundo y saludar en el camino a muchas personas, besar muchas plantas y flores de diferentes colores. Me gustaba pensar que en el lugar más exótico iba a encontrar a mi alma gemela. Ya sé, suena tonto, pero no me quería quedar sentada a esperar, quería salir a buscar. Y nadé por muchas estaciones y trenes. Vientos, árboles, olores. Quería comer culturas, respirarlas, hacerlas todas mías. Quería también fotografiar con mi cabeza y mi alma todos los paisajes y los pájaros, y que en todos estuviese la carcajada de la persona que se admirara con mi corazón y se revolcara de felicidad al escucharme cantar. Esa persona tenía que ser igual a mí, y también tenía que ser todo lo contrario. Tenía que escuchar mucho y hablar mucho. Tenía que llorar con mis cuentos y contarme los suyos. Tenía que entender mi pasado y de un soplido construir la mañana. Esa persona que yo quería encontrar tenía que tomar un café y después fumarse un cigarrillo conmigo, aunque no fumara. Tenía que ver el atardecer y el amanecer. Tenía que ver. Y cuando estuviésemos frente a las maravillas del universo, tenía que darme unos golpecitos de emoción en el brazo, o en la espalda; apretarme bien fuerte y estar feliz de compartir sus rincones conmigo. Esa persona nunca tenía que decirme que me quería porque yo lo iba a saber. Yo lo tenía que saber en todo momento. Cuando dormía, cuando parloteaba sobre arte y también cuando se enojaba y se quedaba graciosamente en silencio.
Es loco, yo sé, también es tonto, ya les dije. Pero cuando miré a mi alrededor y vi todo ese paisaje de bosques y mares, estaba ella dibujada entre las nubes y los árboles. Y yo la encontré. No estaba en una ciudad exótica, no estaba en un mercado primaveral de frutas, ni siquiera estaba en un lindo bar de invierno. Estaba acá cerca, acá en mi ciudad, mi casa. Eso es más loco, ustedes deberían saber. Y siempre me pregunto por qué tengo esta suerte de quererla, esta suerte de tenerla. No es una suerte muy común, es algo que frecuentemente discutimos cuando nos sentamos a mirar la noche en el banco de una avenida poco poblada.
Y ya pasaron cuántos años de la primera vez que nos sentamos en aquel lugar? Cuántos? no, no sé, probablemente sean más de los que creemos, más de los que sentimos. Y cuando miro atrás todavía escucho su primer saludo; también escucho el de ayer y el de hoy. Escucho tu saludo de mañana y escucho tu risa cuando me ves venir. Siempre va a seguir esta historia, que en el fondo es un poco monótona. Es la única certeza que tengo, la única de toda mi vida. Y nada es más placentero que saludarla sabiendo que no existe despedida. Nada es más verdadero que mi voz susurrando: hola hermana.
estaba dando vueltas
en el bosque en las nubes en las calles
y no la veía, no la esperaba
yo nunca la esperaba
estaba dando vueltas
llorando de emoción por los caminos
riendo de pena
yo nunca la esperaba
no me daba cuenta
no creía en su presencia
estaba dando vueltas
y un día en el bosque en las nubes
en las calles la ví
y la extrañé tanto
la extrañé por todos los días
los meses los años de ceguera
y ella marcó con sus uñas
la felicidad en mi piel
ella lloraba de emoción y
reía de pena, y en sus huesos
estaban mis huellas
todos los caminos de mis vueltas
en sus venas y en sus bosques
no sabés, amiga, no sabía
cuánto te esperaba.